Bochorno del pie
Continuo con el tema infortunios en la cocina: me quemé el pie derecho con agua hirviendo (contenido de la olla: pasta china, de la transparente). No moví el pie durante dos días y casi se me atrofia, por la quemada y por no moverlo por la quemada. Ahora ya está mejorcito, pero mi acinesia me trajo recuerdos. Memorias de cuando este blog funcionaba como escape de mi vida de burócrata, una vida inmóvil aparentemente. Y tanto vilipendié la forma burócrata, pero nunca pensé bien en su honda huella en mí. Tanto que ya cocino un proyectito en las entrañas del monstruo. Ya veremos. Decía yo (nunca pude quitarme el tono conversacional para este blog de saco de cuadritos) que tanto tiempo libre y sin poder moverme, me devolvió a mis placeres olvidados. Ya estoy de vacaciones, así que puedo darme el lujo de tener estos momentos, aunque eso de estar de vacaciones es una mera formalidad calendárica. (Y además, es extraño en tiempos de la escuela de arte.) Siempre me gustó escuchar las noticias en la mañana. He estado sintonizando Radio Francia Internacional (ahora los trabajadores están en huelga: la reestructuración contempla el despido de 200 trabajadores y cambios importantes en la programación). Por fortuna, encontré en el sitio de internet una entrevista al escritor peruano Santiago Roncagliolo, de quien no he leído nada, pero por quien profeso una rápidamente adquirida simpatía. De Santiago Roncagliolo salté a muchos más escritores, y ya tengo una lista de libros que compraré en México, si es que el presupuesto lo permite.
Cómo me gustaría irme en bici al Defe. Y sobre todo en mi bici, toda verde, fabricada en 1968, made in Chicago, oxidaciones por aquí, por allá, pero a pesar de eso, porte, peso y metal. Nunca se me olvida el ensayito de Julio Torri, "La bicicleta". Cuando lo leí (en tiempos de la fac, aunque nunca le dije así), fue como si hubiera encontrado mi catecismo, al líder de mi secta (claro entonces era yo una adolescente en busca de revelaciones hasta en las moscas... Sobre los mensajes cifrados en el mundo, hace poco vino a la escuela Nina Katchadourian para hablar de su obra; una de ellas es una máquina de palomitas conectada a una computadora que traducía los "popeos" en clave morse, y después en alfabeto latino. La máquina de palomitas tenía mensajes divertidos pero también profundos, como si supiera que la estaban escuchando... al final explotó en el museo). El ensayo de Torri reverbera siempre en el metal de mi máquina verde.
En fin, hora de tomarme las medicinas. Y como siempre, hora del miedo. Por qué será que toda medicina tiene efectos secundarios. Y como soy hipocondriaca, siento que todo lo tengo, y que más vale aguantarme el dolor a tener riesgos cardíacos y hoyos en el estómago. Ayer me dieron un narcótico y casi un gramo de ibuprofeno. Me sirvió para andar de cojito en Michigan Avenue sin ningún reparo, y sin calcetín. Menos mal que en Chicago ya no es invierno.


