Recuento de lo inevitable

O de cómo transité de la burocracia al enciclopedismo, hasta llegar a la honorable esfera del arte.

10 de julio de 2009

Azúcar Romero, la invitada


Azúcar está de visita en Chicago. Reproduzco el texto, que escribió en un papelito, y que después yo transcribí sin reclamar mucho.


Mírame y no me toques: comida desabrida I
Azúcar Romero

Nací en Puerto Rico. Cerca de la casa de Papo Guzmán, trompetista segundo de la banda de Johny Romero, mi padre. No importa cuántos años tengo, porque para la comida no hay edad. Aunque mi tía Machelis decía que cuando uno está viejo, la única porquería que no se aguanta es la indigestión. Hasta por comer aire uno se va al sanatorio. Mi tía Machelis abusó, eso hay que decirlo. Tanta grasa y chile, pues cómo no.

De muy little me llevaron a Estados Unidos, a la gran locura. Fue en una gira de Johny Romero, mi padre, que mi tío Papo se dio cuenta de mi verdadera pero imposible vocación: la de la rumba. Ni la Lymari ni la Genesis me hicieron entender cómo mover las caderas y los brazos al mismo tiempo y con gracia. Todavía oigo sus risotas. (Azúcar, lo siento, pero no puedo ignorar lo que escribiste. Lo tuve que borrar.)

Mi otra tía, Emerilis, se dio cuenta de que yo sufría mucho. Un día, ese día, ese día, qué día! me llamó desde la cocina. Me sentó en una sillita de esas de plástico en las que se te pegan las piernas y te rayan la piel como si fueras steak en la parrilla, y me dijo: Mira, Azúcar, mira mi niña, no pierdas tu tiempo, a ver, qué más te gusta hacer? La miré como si me hablara la virgen. Tía Emerilis, pues la dancing. Y me dijo con su voz seria, pues te vas a sentar aquí conmigo todas las tardes y te vas a poner a pensar qué es lo otro que más te gusta. Hay que decir que la Emerilita vivía en la cocina. Tenía vestiditos de flores que, dependiendo del color, combinaban o no con el altarcito que le puso a su mamá Zulma, mi abuela, también mamá de mi tía Michelis, la de la indigestión. Era rolliza pero no obesa, no, no estaba enferma como ahora desgraciadamente la gente se enferma, pero sí estaba sobrealimentada. Como decía Papo: a la Emerilis no la mueve el huracán pero sí los cuchifritos. A la Emerilita no le importaban las bromas, o eso creía yo, hasta que un día le soltó una mirada de esas que sólo la Emerilita sabía prepararse, y desde entonces el Papo no comía bien. La Emerilis le daba arroz sin sal y frijoles muy salados. Decía Papo que eso era una relación complementaria, pero varias veces lo vi en la calle echándose una burguer. Ahora ya saben, Papo y la Emerilis tuvieron algo bueno hasta que Papo Guzmán sobrecoció el caldo.

Pasé muchos días en la cocina de la Emerilis. Al principio me aburría. Lymari y Genesis se asomaban a la puerta con sus risas de gato, pero mi tía Emerilis las espantaba como a las gallinas, y con su voz seria decía, out que la niña está thinking, pensando. Y ahí, despuecito del desplumadero, seguí pensando y pensando mientras mi tía hacía el postre. Y cuando la Emerilis me pidió la azúcar para el Polvo de Amor, lo supe. Fue precisamente cuando mi tía rallaba el coco que yo entendí qué era lo que quería: ser feliz y no pasar hambre como mi tío Papo. Le grité que ya sabía qué quería: cuando le dije, me vio con cara de hartazgo y me dijo, así que quieres ser feliz, ay, mi little girl, a ver ponte a calentar la cachispa. Pero entonces ya me quedó más claro. Y le dije, quiero cocinar, comer bien, tasty, tía Emerilita. No hubo respuesta. Al día siguiente, mi silla parrilla no estaba ahí. Lo primero que me dijo la Emerilis fue: corta el ají y no pongas las manos en tus ojos, que no ando de humor para shows.

29 de mayo de 2009

Bochorno del pie

Escribir en este lugar es un proyecto siempre emplazado, a veces imposible de realizar. Recuerdo haber leído en algún blog que en la venia de los temas bloggeros, uno de los más aburridos (y el que usan los principiantes) es la cantaleta del "no sé qué escribir y otra vez escribo sobre no escribir". Y como estoy en época de enmiendas de entuertos (y porque la crítica me convenció y me supo como bicho que entra a la boca cuando uno corre), no voy a desgastarme las articulaciones en tan banal asunto. Más bien confesaré que siempre pienso en títulos para entradas nunca escritas: "Aguacates rellenos y el arte de la crítica"; "Mi mamá me mima" (qué bonito título); "Por qué las manchas son tan difíciles de quitar"; "La escuela de arte y sus no tan secretos agentes"; "El limón lo cura todo"; "Heidegger y sus mujeres"; "I want sugar"; "Duchamp, ?por qué?'; "Enciclopedia sobre ruedas", y si la memoria no me falla, "Me gustaría ser como ellos". Otra confesión es que pensé traspasar este blog a mi alter ego Azúcar Romero, especialista en gastronomía experimental. Pero no. Tal vez puedo invitarla de vez en cuando.

Continúo con el tema infortunios en la cocina: me quemé el pie derecho con agua hirviendo (contenido de la olla: pasta china, de la transparente). No moví el pie durante dos días y casi se me atrofia, por la quemada y por no moverlo por la quemada. Ahora ya está mejorcito, pero mi acinesia me trajo recuerdos. Memorias de cuando este blog funcionaba como escape de mi vida de burócrata, una vida inmóvil aparentemente. Y tanto vilipendié la forma burócrata, pero nunca pensé bien en su honda huella en mí. Tanto que ya cocino un proyectito en las entrañas del monstruo. Ya veremos. Decía yo (nunca pude quitarme el tono conversacional para este blog de saco de cuadritos) que tanto tiempo libre y sin poder moverme, me devolvió a mis placeres olvidados. Ya estoy de vacaciones, así que puedo darme el lujo de tener estos momentos, aunque eso de estar de vacaciones es una mera formalidad calendárica. (Y además, es extraño en tiempos de la escuela de arte.) Siempre me gustó escuchar las noticias en la mañana. He estado sintonizando Radio Francia Internacional (ahora los trabajadores están en huelga: la reestructuración contempla el despido de 200 trabajadores y cambios importantes en la programación). Por fortuna, encontré en el sitio de internet una entrevista al escritor peruano Santiago Roncagliolo, de quien no he leído nada, pero por quien profeso una rápidamente adquirida simpatía. De Santiago Roncagliolo salté a muchos más escritores, y ya tengo una lista de libros que compraré en México, si es que el presupuesto lo permite.

Cómo me gustaría irme en bici al Defe. Y sobre todo en mi bici, toda verde, fabricada en 1968, made in Chicago, oxidaciones por aquí, por allá, pero a pesar de eso, porte, peso y metal. Nunca se me olvida el ensayito de Julio Torri, "La bicicleta". Cuando lo leí (en tiempos de la fac, aunque nunca le dije así), fue como si hubiera encontrado mi catecismo, al líder de mi secta (claro entonces era yo una adolescente en busca de revelaciones hasta en las moscas... Sobre los mensajes cifrados en el mundo, hace poco vino a la escuela Nina Katchadourian para hablar de su obra; una de ellas es una máquina de palomitas conectada a una computadora que traducía los "popeos" en clave morse, y después en alfabeto latino. La máquina de palomitas tenía mensajes divertidos pero también profundos, como si supiera que la estaban escuchando... al final explotó en el museo). El ensayo de Torri reverbera siempre en el metal de mi máquina verde.

En fin, hora de tomarme las medicinas. Y como siempre, hora del miedo. Por qué será que toda medicina tiene efectos secundarios. Y como soy hipocondriaca, siento que todo lo tengo, y que más vale aguantarme el dolor a tener riesgos cardíacos y hoyos en el estómago. Ayer me dieron un narcótico y casi un gramo de ibuprofeno. Me sirvió para andar de cojito en Michigan Avenue sin ningún reparo, y sin calcetín. Menos mal que en Chicago ya no es invierno.

3 de mayo de 2009

I am the Great Procastinator


Y sí. No un día, ni dos, ni tres. Una semana tratando de escribir mis "essays". Y ahí la llevo. Lentamente se me ocurre qué decir en mi inglés interlingua. Mientras pienso, pierdo el tiempo en la interné, cocinando quesadillas y buscando recetas de pasteles con blackberries. Ya acaba el semestre. La nueva es que ahora explico y pienso mis proyectos en inglés. Me voy a trabajar. Good bye.

Rachel Harrison es la autora de esta escultura. Huffy Howler, 2004

lo que el tiempo se llevó del planeta piedra