Recuento de lo inevitable

O de cómo transité de la burocracia al enciclopedismo, hasta llegar a la honorable esfera del arte.

29 de mayo de 2009

Bochorno del pie

Escribir en este lugar es un proyecto siempre emplazado, a veces imposible de realizar. Recuerdo haber leído en algún blog que en la venia de los temas bloggeros, uno de los más aburridos (y el que usan los principiantes) es la cantaleta del "no sé qué escribir y otra vez escribo sobre no escribir". Y como estoy en época de enmiendas de entuertos (y porque la crítica me convenció y me supo como bicho que entra a la boca cuando uno corre), no voy a desgastarme las articulaciones en tan banal asunto. Más bien confesaré que siempre pienso en títulos para entradas nunca escritas: "Aguacates rellenos y el arte de la crítica"; "Mi mamá me mima" (qué bonito título); "Por qué las manchas son tan difíciles de quitar"; "La escuela de arte y sus no tan secretos agentes"; "El limón lo cura todo"; "Heidegger y sus mujeres"; "I want sugar"; "Duchamp, ?por qué?'; "Enciclopedia sobre ruedas", y si la memoria no me falla, "Me gustaría ser como ellos". Otra confesión es que pensé traspasar este blog a mi alter ego Azúcar Romero, especialista en gastronomía experimental. Pero no. Tal vez puedo invitarla de vez en cuando.

Continuo con el tema infortunios en la cocina: me quemé el pie derecho con agua hirviendo (contenido de la olla: pasta china, de la transparente). No moví el pie durante dos días y casi se me atrofia, por la quemada y por no moverlo por la quemada. Ahora ya está mejorcito, pero mi acinesia me trajo recuerdos. Memorias de cuando este blog funcionaba como escape de mi vida de burócrata, una vida inmóvil aparentemente. Y tanto vilipendié la forma burócrata, pero nunca pensé bien en su honda huella en mí. Tanto que ya cocino un proyectito en las entrañas del monstruo. Ya veremos. Decía yo (nunca pude quitarme el tono conversacional para este blog de saco de cuadritos) que tanto tiempo libre y sin poder moverme, me devolvió a mis placeres olvidados. Ya estoy de vacaciones, así que puedo darme el lujo de tener estos momentos, aunque eso de estar de vacaciones es una mera formalidad calendárica. (Y además, es extraño en tiempos de la escuela de arte.) Siempre me gustó escuchar las noticias en la mañana. He estado sintonizando Radio Francia Internacional (ahora los trabajadores están en huelga: la reestructuración contempla el despido de 200 trabajadores y cambios importantes en la programación). Por fortuna, encontré en el sitio de internet una entrevista al escritor peruano Santiago Roncagliolo, de quien no he leído nada, pero por quien profeso una rápidamente adquirida simpatía. De Santiago Roncagliolo salté a muchos más escritores, y ya tengo una lista de libros que compraré en México, si es que el presupuesto lo permite.

Cómo me gustaría irme en bici al Defe. Y sobre todo en mi bici, toda verde, fabricada en 1968, made in Chicago, oxidaciones por aquí, por allá, pero a pesar de eso, porte, peso y metal. Nunca se me olvida el ensayito de Julio Torri, "La bicicleta". Cuando lo leí (en tiempos de la fac, aunque nunca le dije así), fue como si hubiera encontrado mi catecismo, al líder de mi secta (claro entonces era yo una adolescente en busca de revelaciones hasta en las moscas... Sobre los mensajes cifrados en el mundo, hace poco vino a la escuela Nina Katchadourian para hablar de su obra; una de ellas es una máquina de palomitas conectada a una computadora que traducía los "popeos" en clave morse, y después en alfabeto latino. La máquina de palomitas tenía mensajes divertidos pero también profundos, como si supiera que la estaban escuchando... al final explotó en el museo). El ensayo de Torri reverbera siempre en el metal de mi máquina verde.

En fin, hora de tomarme las medicinas. Y como siempre, hora del miedo. Por qué será que toda medicina tiene efectos secundarios. Y como soy hipocondriaca, siento que todo lo tengo, y que más vale aguantarme el dolor a tener riesgos cardíacos y hoyos en el estómago. Ayer me dieron un narcótico y casi un gramo de ibuprofeno. Me sirvió para andar de cojito en Michigan Avenue sin ningún reparo, y sin calcetín. Menos mal que en Chicago ya no es invierno.

3 de mayo de 2009

I am the Great Procastinator


Y sí. No un día, ni dos, ni tres. Una semana tratando de escribir mis "essays". Y ahí la llevo. Lentamente se me ocurre qué decir en mi inglés interlingua. Mientras pienso, pierdo el tiempo en la interné, cocinando quesadillas y buscando recetas de pasteles con blackberries. Ya acaba el semestre. La nueva es que ahora explico y pienso mis proyectos en inglés. Me voy a trabajar. Good bye.

Rachel Harrison es la autora de esta escultura. Huffy Howler, 2004

19 de enero de 2009

Antigua e incompleta crónica de una manchamanteles I

En unos días comienzan los ritmos escolares. Sin embargo, desde que regresé de la tierra del bourbon empecé a trabajar como si ya estuviera en la escuela-estudio. La única diferencia es, por supuesto, la comida.

Desde hace un tiempo es sabido en el barrio que me gusta cocinar. Fue de los primeros placeres que descubrí cuando salí de casa de mis padres. Pero ahora que lo pienso, suena muy natural viniendo de una familia de trogloditas. Puedo decir sin pudor que mi sueldo de burócrata se iba principalmente al rubro alimentación. Sal con flores, aceite de oliva de Uruguay, hierbas francesas, menjurjes mexicanos, platones para hornear, cucharas especiales, más de 20 frascos de especias. No escatimé en gastos. Supongo que era, además de muchas cosas más, una protesta: la comida del burócrata no suele ser muy sabrosa, ni mucho menos saludable.

Cocinar-comer no es sólo eso. Para mí es un proceso ampliado, complejo. No empieza con una receta o con el hambre. Comienza de otra manera. Puede iniciar con un olor en la calle, con un recuerdo cualquiera, con la visita de alguien, con una obsesión, con un estado de ánimo, con una celebración. Tiene que ver con la memoria. Hay en la selección de la comida miles de instantes que se niegan entre sí o que se abren las puertas. ¿Por qué un mole con pollo y no un filete de pescado con ajo? ¿Por qué arroz y no puré de papas? ¿Por qué una ensalada y no una sopa de tortilla? La elección de la comida no viene sólo de la intimidad (la memoria), sino también, como todos ya sabemos, de presiones culturales y sociales, del tiempo, de la situación económica y comercial, y ahora más que nunca, del conocimiento (pero de esto no voy a escribir ahora).

Una vez que se ha decidido qué comer, empieza un proceso de recolección. Ya sea del mega-súper o del huerto privado, hay que hacer una selección de los ingredientes. Y entonces ayuda la experiencia, o se inicia la prueba y el error, y después vienen las preguntas (abue, cómo sé que este melón ya está bueno, cómo sé cuando la berenjena está lista?). Y en la cocina hay un vocabulario extenso que aprender. La cocina ha sido una forma de relacionar la flora y la fauna con la civilización del fuego.

lo que el tiempo se llevó del planeta piedra