Azúcar Romero, la invitada

Azúcar está de visita en Chicago. Reproduzco el texto, que escribió en un papelito, y que después yo transcribí sin reclamar mucho.
Mírame y no me toques: comida desabrida I
Azúcar Romero
Nací en Puerto Rico. Cerca de la casa de Papo Guzmán, trompetista segundo de la banda de Johny Romero, mi padre. No importa cuántos años tengo, porque para la comida no hay edad. Aunque mi tía Machelis decía que cuando uno está viejo, la única porquería que no se aguanta es la indigestión. Hasta por comer aire uno se va al sanatorio. Mi tía Machelis abusó, eso hay que decirlo. Tanta grasa y chile, pues cómo no.
De muy little me llevaron a Estados Unidos, a la gran locura. Fue en una gira de Johny Romero, mi padre, que mi tío Papo se dio cuenta de mi verdadera pero imposible vocación: la de la rumba. Ni la Lymari ni la Genesis me hicieron entender cómo mover las caderas y los brazos al mismo tiempo y con gracia. Todavía oigo sus risotas. (Azúcar, lo siento, pero no puedo ignorar lo que escribiste. Lo tuve que borrar.)
Mi otra tía, Emerilis, se dio cuenta de que yo sufría mucho. Un día, ese día, ese día, qué día! me llamó desde la cocina. Me sentó en una sillita de esas de plástico en las que se te pegan las piernas y te rayan la piel como si fueras steak en la parrilla, y me dijo: Mira, Azúcar, mira mi niña, no pierdas tu tiempo, a ver, qué más te gusta hacer? La miré como si me hablara la virgen. Tía Emerilis, pues la dancing. Y me dijo con su voz seria, pues te vas a sentar aquí conmigo todas las tardes y te vas a poner a pensar qué es lo otro que más te gusta. Hay que decir que la Emerilita vivía en la cocina. Tenía vestiditos de flores que, dependiendo del color, combinaban o no con el altarcito que le puso a su mamá Zulma, mi abuela, también mamá de mi tía Michelis, la de la indigestión. Era rolliza pero no obesa, no, no estaba enferma como ahora desgraciadamente la gente se enferma, pero sí estaba sobrealimentada. Como decía Papo: a la Emerilis no la mueve el huracán pero sí los cuchifritos. A la Emerilita no le importaban las bromas, o eso creía yo, hasta que un día le soltó una mirada de esas que sólo la Emerilita sabía prepararse, y desde entonces el Papo no comía bien. La Emerilis le daba arroz sin sal y frijoles muy salados. Decía Papo que eso era una relación complementaria, pero varias veces lo vi en la calle echándose una burguer. Ahora ya saben, Papo y la Emerilis tuvieron algo bueno hasta que Papo Guzmán sobrecoció el caldo.
Pasé muchos días en la cocina de la Emerilis. Al principio me aburría. Lymari y Genesis se asomaban a la puerta con sus risas de gato, pero mi tía Emerilis las espantaba como a las gallinas, y con su voz seria decía, out que la niña está thinking, pensando. Y ahí, despuecito del desplumadero, seguí pensando y pensando mientras mi tía hacía el postre. Y cuando la Emerilis me pidió la azúcar para el Polvo de Amor, lo supe. Fue precisamente cuando mi tía rallaba el coco que yo entendí qué era lo que quería: ser feliz y no pasar hambre como mi tío Papo. Le grité que ya sabía qué quería: cuando le dije, me vio con cara de hartazgo y me dijo, así que quieres ser feliz, ay, mi little girl, a ver ponte a calentar la cachispa. Pero entonces ya me quedó más claro. Y le dije, quiero cocinar, comer bien, tasty, tía Emerilita. No hubo respuesta. Al día siguiente, mi silla parrilla no estaba ahí. Lo primero que me dijo la Emerilis fue: corta el ají y no pongas las manos en tus ojos, que no ando de humor para shows.


