Paso en falso

Recuento de lo inevitable

12 de junio de 2006

Ganancias y pérdidas

Hace un tiempo aprendí a sobrellevar una de las malas patas que más detesto: perder cosas. Y aunque años de práctica en la desatención y el despiste me han dado innumerables oportunidades para poner en práctica el desapego de las cosas materiales, hoy por la noche volvió a atacarme la obsesión por encontrar algo que seguramente olvidé en el coche de alguien que no es tan amigo mío, porque sino ya me hubiera avisado. Se trata de una caja de discos quemados. Sí, probablemente la perdí hace más de un mes y hasta ahora me doy cuenta. Y mi mente, ocupada en mantener datos innecesarios, como los distintos fotógrafos que han trabajado con Herzog y Wenders, o el verdadero nombre de Rubén Darío, no puede recordar más que uno de los discos que ahí guardaba. Ya no sé qué es peor en este caso, si el olvido o la memoria. La duda me carcome; espero no haber dejado ahí alguna joya de mi fonoteca que, gracias a mis melómanos compañeros de burocracia, ha ido acrecentándose más y más y más, ocasionándome una abundante salivación mental y auditiva cada vez que alguno me habla de un grupo o cantante y acto seguido, con un clickplay, despliega la cornucopia de sonidos que, la mayoría de las veces, es de mi completo agrado. Por compartir la música y hacer menos estrambótica y dolorosa mi pala pata burocrática, gracias Alejandro, Kenji y Salvador. De veras licenciados, hartas gracias.

Ya me hice un té de tila para dormir más tranquila; obviamente no pude reprimir la obsesión y creí que la mentada caja estaba enterrada en la pila de ropa sucia que escondo elegante y ordenadamente en mi ropero. Esta pérdida hizo que por fin separara la ropa (jamás creí que escribiría sobre estas cosas, debe ser mi estado alterado el que me impide la autocrítica a estas horas); por fin podré llevarla a casa de mis progenitores y echarla a la lavadora. Y de nuevo con esta desfachatez temática que está caracterizando el post, confieso que deseo, deseo, una lavadora. Además de titularme pronto, una lavadora sería la hostia; un sillón, el paraíso en la tierra.

A dormir.

lo que el tiempo se llevó del planeta piedra