CON MALOS OJOS
La intención estuvo ahí desde hace unos meses; pero la decisión llegó aproximadamente media hora antes del límite. En el camino al movimiento, los hechos cambiaron. Al principio pensé que lo único que obligó a las piernas a moverse fue un ligero escrúpulo; es mejor decir que hubo un intento fallido a una flagrante negativa. Media hora antes de que cerraran, decidí ir a la exposición en el último día (conciente de que iba a tardar 20 min o más en llegar). Segundos después de que cerraran el museo, sin que haya podido entrar, caí en la cuenta de lo que me había pasado.
Difícilmente puedo explicar de dónde vino esa especie de resistencia, pero creo reconocer una inconformidad que antes hubiera interpretado como indolencia. En domingo, suele pasarme que estoy en una calma oceánica (sin narcopescadores) o en un nerviosismo calmo, que controlo cada vez mejor (creo que he asumido que la burocracia será mi reino por un tiempo). Hoy, domingo, fue distinto: ni calma ni nervivosismo. El estado predominante fue, como dije al principio, el de la resistencia (caótica).
No quería ir pero sólo fui para no ir. Últimamente así de enrevesado resulta vivir desde este lado. Podría pensar que se trató de un compromiso esquizofrénico (con el deber de la persona interesada en el arte); no lo descarto pero ahora no importa porque mientras más lo pienso, más nítida es la otra sensación. Poniéndolo en términos exagerados y pedantes, lo que hice fue una suerte de protesta, de happening. Fui para no ir. Fui porque tengo una curiosidad, un interés y una pasión por las producciones artísticas (cada vez que uso la palabra arte y sus derivados se me desacomoda algo) pero hice todo lo posible para no llegar porque ya me estoy empezando a hartar del estado de las cosas en el mundo actual del arte. Quizás la protesta, silenciosa e inútil como fue, debió ocurrir con otra exposición. Probablemente fue un craso error porque seguramente valía la pena ir. Y si hubiera podido entrar quizá estaría escribiendo algo sobre el artista y sus elucubraciones lumínicas, que ya he visto hasta el cansancio en fotografías.
Mientras caminaba en la Alameda, ya de regreso, me di cuenta de que la inconformidad que me obligó a actuar de manera tan poco lógica fue algo que me molesta del mundo de ahora: las imágenes. Ya estoy cansada de tantas imágenes, de tanta pulsión por producirlas, reproducirlas, consumirlas con tanta ligereza, rapidez y gula. Estoy cansada del vacío de sensaciones al que arrojan a las personas. En el coche, aparecieron frente a mis ojos, más de 300 imágenes y ya no seguí la cuenta porque me pareció estúpido y aterrorizante. En un alto, el coche quedó cerca de un puesto de periódicos. Muchas portadas mostraban a ya no sé si voluptuosas mujeres que repetían y variaban una postura sexual llamativa; otras más presentaban la nota roja, el asesinato, la explosión; y más allá había revistas con imágenes de guerra y de política. En el minuto que duró el semáforo vi la forma de las obsesiones actuales; saltaron hacia mis ojos con una ferocidad y una claridad espeluznantes. El modelo de mundo que millones de personas perciben estaba ahí, vibrando sobre el papel y la tinta, en una esquina de Monterrey y Viaducto.
Sexo, muerte y dinero (o política que ya es el término intercambiable) son los ejes (lo fueron, lo son y lo serán) de las representaciones que vi. No me alarman los temas sino su desparpajada, plana y cínica forma: la mujer (a veces niña-adolescente), el objeto; el hombre común, el asesino; el político, el poderoso (rico). Me pareció repugnante la simplificación de los papeles. Pero con estos tres personajes se puede esbozar el guión de cualquier periódico, de cualquier entorno. Y todos están unidos por algo de lo que nadie se librará porque es ya nuestro modus vivendi: el consumismo. Y las imágenes son la puerta, el reflejo, el impulso, el fin de esta manera de vivir. El cuerpo no es un territorio, no es un espacio, no es un organismo, es una imagen fabricada de la voluptuosidad; el dinero no es el recurso para las buenas empresas, es la imagen del poder; la sexualidad no es una experiencia, una presencia, es una imagen de la posesión frenética y el placer ególatra.
Mientras iba pensando en todo esto (que otros mucho más elocuentes que yo han explicado mejor y con mayor profundidad) en una tarde de domingo en la Alameda, uno de los hombres que venía hacia mí, entornó los ojos y se detuvo en seco sin disimularlo, entró en un trance idiota. Una mujer que venía un poco más atrás de mí, lo atajó con su cuerpo. Ella iba con un suéter y unos pantalones negros, nada llamativo, sólo que la forma de sus senos y caderas, que tampoco eran en extremo grandes, le dibujaban unas circularidades en la tela que el otro tradujo en un ballbuceo, una mirada lasciva francamente ridícula. Ese hombre ve más alla de lo evidente (!), ve más allá de lo real, de lo que se muestra. Su mirada está educada para fantasear, para lo que no existe más que en una imagen prototípica de la mujer a la que hay que poseer sexualmente. Y es que nadie ve lo que en realidad es. La representación está desplazando a la realidad. La imagen es más poderosa que lo existente. La fantasía es el instrumento del deseo. De un deseo torcido por no sé cuántos estímulos, absurdos casi todos.
Ya en el coche miré las calles del centro de la ciudad, el trajín de la gente en domingo, los plantados de Reforma, algunos mendigos, las guías del piso que tiro por viaje el metrobús aplasta y rompe, a los extranjeros, las señales de tránsito, al vendedor de mapas de la República hechos de hule espuma... y entonces me di cuenta de que ya todo lo han usado los "artistas de hoy". No queda nada de la cotidianidad que no hayan introducido a un museo o presentado como obra artística. Hasta una bolsa de basura fue expuesta en la Tate Modern Gallery (que irónicamente una encargada de limpieza tiró por error; el artista, ofendido, demandó al museo) y me acordé también de la cama de Tracey Emin, supuesta artista de renombre.
Me voy a comer que son las nueve de la noche.
Difícilmente puedo explicar de dónde vino esa especie de resistencia, pero creo reconocer una inconformidad que antes hubiera interpretado como indolencia. En domingo, suele pasarme que estoy en una calma oceánica (sin narcopescadores) o en un nerviosismo calmo, que controlo cada vez mejor (creo que he asumido que la burocracia será mi reino por un tiempo). Hoy, domingo, fue distinto: ni calma ni nervivosismo. El estado predominante fue, como dije al principio, el de la resistencia (caótica).
No quería ir pero sólo fui para no ir. Últimamente así de enrevesado resulta vivir desde este lado. Podría pensar que se trató de un compromiso esquizofrénico (con el deber de la persona interesada en el arte); no lo descarto pero ahora no importa porque mientras más lo pienso, más nítida es la otra sensación. Poniéndolo en términos exagerados y pedantes, lo que hice fue una suerte de protesta, de happening. Fui para no ir. Fui porque tengo una curiosidad, un interés y una pasión por las producciones artísticas (cada vez que uso la palabra arte y sus derivados se me desacomoda algo) pero hice todo lo posible para no llegar porque ya me estoy empezando a hartar del estado de las cosas en el mundo actual del arte. Quizás la protesta, silenciosa e inútil como fue, debió ocurrir con otra exposición. Probablemente fue un craso error porque seguramente valía la pena ir. Y si hubiera podido entrar quizá estaría escribiendo algo sobre el artista y sus elucubraciones lumínicas, que ya he visto hasta el cansancio en fotografías.
Mientras caminaba en la Alameda, ya de regreso, me di cuenta de que la inconformidad que me obligó a actuar de manera tan poco lógica fue algo que me molesta del mundo de ahora: las imágenes. Ya estoy cansada de tantas imágenes, de tanta pulsión por producirlas, reproducirlas, consumirlas con tanta ligereza, rapidez y gula. Estoy cansada del vacío de sensaciones al que arrojan a las personas. En el coche, aparecieron frente a mis ojos, más de 300 imágenes y ya no seguí la cuenta porque me pareció estúpido y aterrorizante. En un alto, el coche quedó cerca de un puesto de periódicos. Muchas portadas mostraban a ya no sé si voluptuosas mujeres que repetían y variaban una postura sexual llamativa; otras más presentaban la nota roja, el asesinato, la explosión; y más allá había revistas con imágenes de guerra y de política. En el minuto que duró el semáforo vi la forma de las obsesiones actuales; saltaron hacia mis ojos con una ferocidad y una claridad espeluznantes. El modelo de mundo que millones de personas perciben estaba ahí, vibrando sobre el papel y la tinta, en una esquina de Monterrey y Viaducto.
Sexo, muerte y dinero (o política que ya es el término intercambiable) son los ejes (lo fueron, lo son y lo serán) de las representaciones que vi. No me alarman los temas sino su desparpajada, plana y cínica forma: la mujer (a veces niña-adolescente), el objeto; el hombre común, el asesino; el político, el poderoso (rico). Me pareció repugnante la simplificación de los papeles. Pero con estos tres personajes se puede esbozar el guión de cualquier periódico, de cualquier entorno. Y todos están unidos por algo de lo que nadie se librará porque es ya nuestro modus vivendi: el consumismo. Y las imágenes son la puerta, el reflejo, el impulso, el fin de esta manera de vivir. El cuerpo no es un territorio, no es un espacio, no es un organismo, es una imagen fabricada de la voluptuosidad; el dinero no es el recurso para las buenas empresas, es la imagen del poder; la sexualidad no es una experiencia, una presencia, es una imagen de la posesión frenética y el placer ególatra.
Mientras iba pensando en todo esto (que otros mucho más elocuentes que yo han explicado mejor y con mayor profundidad) en una tarde de domingo en la Alameda, uno de los hombres que venía hacia mí, entornó los ojos y se detuvo en seco sin disimularlo, entró en un trance idiota. Una mujer que venía un poco más atrás de mí, lo atajó con su cuerpo. Ella iba con un suéter y unos pantalones negros, nada llamativo, sólo que la forma de sus senos y caderas, que tampoco eran en extremo grandes, le dibujaban unas circularidades en la tela que el otro tradujo en un ballbuceo, una mirada lasciva francamente ridícula. Ese hombre ve más alla de lo evidente (!), ve más allá de lo real, de lo que se muestra. Su mirada está educada para fantasear, para lo que no existe más que en una imagen prototípica de la mujer a la que hay que poseer sexualmente. Y es que nadie ve lo que en realidad es. La representación está desplazando a la realidad. La imagen es más poderosa que lo existente. La fantasía es el instrumento del deseo. De un deseo torcido por no sé cuántos estímulos, absurdos casi todos.
Ya en el coche miré las calles del centro de la ciudad, el trajín de la gente en domingo, los plantados de Reforma, algunos mendigos, las guías del piso que tiro por viaje el metrobús aplasta y rompe, a los extranjeros, las señales de tránsito, al vendedor de mapas de la República hechos de hule espuma... y entonces me di cuenta de que ya todo lo han usado los "artistas de hoy". No queda nada de la cotidianidad que no hayan introducido a un museo o presentado como obra artística. Hasta una bolsa de basura fue expuesta en la Tate Modern Gallery (que irónicamente una encargada de limpieza tiró por error; el artista, ofendido, demandó al museo) y me acordé también de la cama de Tracey Emin, supuesta artista de renombre.
Me voy a comer que son las nueve de la noche.
1 comments:
...y sin embargo, ¡qué bien ganarse una beca del FONCA por hacer imágenes fotográficas!
Imágenes, ¿no?
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