Caras tristes y la teporochada
Hay en los mágicos y pueblerinos alrededores de mi oficina (léase Tepepan) una bandanada de teporochos que cada día se multiplican demográfica y geográficamente. No sólo la hierba prohibida sino también el tufo a pulque, aguardiente y mezcal están suspensos en el aire; este perfumado ambiente de camaradería pasmosa los une físicamente, irremediablemente, eso sí, porque son pocos los que pueden mantenerse de pie.
Hoy de regreso de la comida, vimos a un hombre, o lo que sobraba de un hombre, tratando de orinar a plena luz del día, completamente inconciente y perdido en un murmullo atrabancado. Su cerebro nunca pudo ordenar lo que tenía que hacer y su cuerpo tomó la decisión antes que él. Las gotas del pantalón remataron el degradante y patético espectáculo.
Lo de los teporochos viene a cuento porque hoy que tenemos presidente, después de un intenso mes de declaraciones y trapitos al sol, nadie de nosotros (entiéndase reducido círculo de burócratas de un órgano electoral) quiso hablar del asunto. Supongo que las razones para el silencio no son las mismas pero las podría entender todas. En vez de tocar el tema, hablamos de la vida teporocha que a pesar del triunfo (ja si eso es triunfo, el papa es negro) de Felipe Calderón, sigue su curso imperturbable. El caso es que el estado de la teporochez se reveló por unos instantes si no ideal, sí como el idóneo para sobrellevar, o más bien ignorar, la situación política del país. Y me pareció terrible entenderlo de esa manera por unos segundos, porque creo que desde hace unas semanas me llegó un remedo de vida teporocha (en el ámbito de la política) sin los aparentes beneficios y sí con todos los dolores, quejumbres y consecuencias (como alguien señaló por ahí).
Hace unas horas, López Obrador se pronunció, como era de esperarse, en contra de la decisión del Tribunal. ¿Qué hace uno ahora que culminó todo el templete que desde el principio, y eso no lo dudo ni un segundo, estuvo manipulado? ¿Beber del mezcal del olvido, tambalearse por las calles del país, por los restos de los programas culturales, por la creciente pobreza y corrupción de las intituciones? ¿Fumarse el cigarrito de la indiferencia, descalificar completamente a López Obrador a pesar de que sus argumentos, muchas veces disparatados, están basados en hechos evidentes como la pésima jornada electoral? ¿Creer, gracias a unas copitas de aguarrás Léon, que Ugalde (el peor de los árbitros) y los consejeros hicieron un excelente trabajo? ¿Una cervecita para los "ganadores" (que a estas alturas es claro que los ganadores NO somos los ELECTORES sino una clase política ramplona, impreparada y traicionera)? ¿Qué nos espera ahora que es tan evidente la abismal distancia entre gobernados y gobernantes? ¿Qué les espera a ellos y qué nos toca a nosotros?
Mi abuela casi deshereda a mi mamá por gritar con un poco de jiribilla familiar y con su estilo sudaca "voto por voto, casilla por casilla" mientras el imbécil (porque en serio, no hay otra manera de nombrarlo y aquí apelo no sólo a la voz de las pasiones sino a la de las pruebas innegables), mientras el imbécil de Fox daba su último mensaje a la "nación". (¡Que no nos venga a definir qué es un demócrata!) Mis abuelos no son panistas, son "institucionalistas", y por esa razón, priístas de cepa. Dicen que López Obrador está mal y que la gente lo sigue sin pensar, gente que hoy fue retratada llorando por la decisión del tribunal. (Imágenes publicadas en El Universal y, al parecer, en Reforma.) Gente llorando, con la cara demudada; personas que a todas luces son pobres. Y quizás me acerco a uno de los temas escabrosos de esta elección (que incomodó por razones diferentes a cada uno de nosotros): el de los pobres y los ricos, el de los "institucionalistas" y los revoltosos.
El rechazo de mi abuela al señor López no es de tipo ideológico, sino de índole editorial. Mis abuelos, personas trabajadoras que se forjaron con tres pesos en el bolsillo una vida económica medianamente estable, han leído desde tiempos inmemoriales el Excélsior, el periódico de la vida nacional. Mi abuelo, de 90 años, repasa sin dejar una sola hoja intacta el incómodo extratabloide de cajas desordenadas y laberínticas. Y a lo que más le temían en esta jornada, según ellos y a partir de sus lecturas, era a la revuelta. A la violencia, al rechazo de las instituciones y a su cuestionamiento. Ay! el priísmo podrá haber abandonado los puestos importantes de poder, pero no la mentalidad de las personas. (Y no sólo lo digo por mis abuelos, los campamentos despertaron muchas "indignaciones" y voces analíticas mandaron la señal de alerta.) Y ahí tienen, no pasó nada, todavía.
Para estos gobernantes de pacotilla ya sabemos qué es López Obrador pero Oaxaca, Chiapas, Guerrero ¿qué son? ¿Desordenes? ¿Falta de mano dura? ¿Caos pero no realidad? ¿La pobreza del país un asunto que se arregla en quince minutos? ¿Qué son nuestros políticos? ¿De qué lado está el ímpetu teporochil? ¿De su lado o del nuestro?
¿Quién se llevará la buena vida y quién las consecuencias?
Hoy de regreso de la comida, vimos a un hombre, o lo que sobraba de un hombre, tratando de orinar a plena luz del día, completamente inconciente y perdido en un murmullo atrabancado. Su cerebro nunca pudo ordenar lo que tenía que hacer y su cuerpo tomó la decisión antes que él. Las gotas del pantalón remataron el degradante y patético espectáculo.
Lo de los teporochos viene a cuento porque hoy que tenemos presidente, después de un intenso mes de declaraciones y trapitos al sol, nadie de nosotros (entiéndase reducido círculo de burócratas de un órgano electoral) quiso hablar del asunto. Supongo que las razones para el silencio no son las mismas pero las podría entender todas. En vez de tocar el tema, hablamos de la vida teporocha que a pesar del triunfo (ja si eso es triunfo, el papa es negro) de Felipe Calderón, sigue su curso imperturbable. El caso es que el estado de la teporochez se reveló por unos instantes si no ideal, sí como el idóneo para sobrellevar, o más bien ignorar, la situación política del país. Y me pareció terrible entenderlo de esa manera por unos segundos, porque creo que desde hace unas semanas me llegó un remedo de vida teporocha (en el ámbito de la política) sin los aparentes beneficios y sí con todos los dolores, quejumbres y consecuencias (como alguien señaló por ahí).
Hace unas horas, López Obrador se pronunció, como era de esperarse, en contra de la decisión del Tribunal. ¿Qué hace uno ahora que culminó todo el templete que desde el principio, y eso no lo dudo ni un segundo, estuvo manipulado? ¿Beber del mezcal del olvido, tambalearse por las calles del país, por los restos de los programas culturales, por la creciente pobreza y corrupción de las intituciones? ¿Fumarse el cigarrito de la indiferencia, descalificar completamente a López Obrador a pesar de que sus argumentos, muchas veces disparatados, están basados en hechos evidentes como la pésima jornada electoral? ¿Creer, gracias a unas copitas de aguarrás Léon, que Ugalde (el peor de los árbitros) y los consejeros hicieron un excelente trabajo? ¿Una cervecita para los "ganadores" (que a estas alturas es claro que los ganadores NO somos los ELECTORES sino una clase política ramplona, impreparada y traicionera)? ¿Qué nos espera ahora que es tan evidente la abismal distancia entre gobernados y gobernantes? ¿Qué les espera a ellos y qué nos toca a nosotros?
Mi abuela casi deshereda a mi mamá por gritar con un poco de jiribilla familiar y con su estilo sudaca "voto por voto, casilla por casilla" mientras el imbécil (porque en serio, no hay otra manera de nombrarlo y aquí apelo no sólo a la voz de las pasiones sino a la de las pruebas innegables), mientras el imbécil de Fox daba su último mensaje a la "nación". (¡Que no nos venga a definir qué es un demócrata!) Mis abuelos no son panistas, son "institucionalistas", y por esa razón, priístas de cepa. Dicen que López Obrador está mal y que la gente lo sigue sin pensar, gente que hoy fue retratada llorando por la decisión del tribunal. (Imágenes publicadas en El Universal y, al parecer, en Reforma.) Gente llorando, con la cara demudada; personas que a todas luces son pobres. Y quizás me acerco a uno de los temas escabrosos de esta elección (que incomodó por razones diferentes a cada uno de nosotros): el de los pobres y los ricos, el de los "institucionalistas" y los revoltosos.
El rechazo de mi abuela al señor López no es de tipo ideológico, sino de índole editorial. Mis abuelos, personas trabajadoras que se forjaron con tres pesos en el bolsillo una vida económica medianamente estable, han leído desde tiempos inmemoriales el Excélsior, el periódico de la vida nacional. Mi abuelo, de 90 años, repasa sin dejar una sola hoja intacta el incómodo extratabloide de cajas desordenadas y laberínticas. Y a lo que más le temían en esta jornada, según ellos y a partir de sus lecturas, era a la revuelta. A la violencia, al rechazo de las instituciones y a su cuestionamiento. Ay! el priísmo podrá haber abandonado los puestos importantes de poder, pero no la mentalidad de las personas. (Y no sólo lo digo por mis abuelos, los campamentos despertaron muchas "indignaciones" y voces analíticas mandaron la señal de alerta.) Y ahí tienen, no pasó nada, todavía.
Para estos gobernantes de pacotilla ya sabemos qué es López Obrador pero Oaxaca, Chiapas, Guerrero ¿qué son? ¿Desordenes? ¿Falta de mano dura? ¿Caos pero no realidad? ¿La pobreza del país un asunto que se arregla en quince minutos? ¿Qué son nuestros políticos? ¿De qué lado está el ímpetu teporochil? ¿De su lado o del nuestro?
¿Quién se llevará la buena vida y quién las consecuencias?

1 comments:
Sabes mi parecer ante la situación, y sí, en efecto, el ambiente se sintió triste y pesado, carente de la chispa presente en otras ocasiones.
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