De cuando los caminos no llevan a Roma y el cuerpo lo reclama
Del semáforo se descuelgan tres calles: ninguna estará cerca del hotel, eso lo sé. En una de las atiborradas y eléctricas esquinas se quebrará mi paciencia y quizá, por esos golpes de mala suerte, hasta se acabará la gasolina. Esta vez estoy a punto de abandonar el rumbo perdido, pero antes de la decepción encuentro el hotel, estaciono el coche, estiro las piernas y las rodillas me reclaman un futuro que no les parece nada prometedor. Cruzo la calle con cuidado o más bien absorta en la sensación de que estoy por enfermarme, me encuentro con el aparador de una galería o tienda (es casi lo mismo) y me parece simpático: miles de chicles fosforescentes pegados a las paredes y a los vidrios utilizan su elasticidad para llegar al otro lado de las paredes y los vidrios; en el suelo hay luces moradas. Es cuestión de barrios: en Coyoacán está el árbol de los chicles en forma de círculos; en la Condesa tejen telarañas chiclocitadinas y neonescas. Ya no sé dónde es mejor vivir.
Entro por una puerta de duendes al hotel, ubicado en la calle de Veracruz. (Ay Veracruz, cómo te añoré, repetí y maldije tu nombre durante una hora). En la entrada me recibe la espalda de una mujer (que por el cansancio pensé que era una estatua). Y es que como en la entrada hay un coche de época con un chofer de madera tal vez ella también es parte del decorado: los empleados se tratan y se mueven como estatuas. Pero estas suposiciones no son más que reminiscencias de mi pasado antiimperialista yanqui, al más puro estilo Cleta (el colectivo de arte, ¿o teatro?, que tenía una combi destartalada por principal centro de operaciones). (Pero lo de la combi también sigue siendo una suposición.)
Bajé al lugar donde estaban proyectando el documental (sobre unos extranjeros que viven en la ciudad) al que me habían invitado. Veinte minutos tarde: qué molestia cuando se trata de moverse en lo oscurito y encontrar un lugar entre los enterados. Pero nunca hubo posibilidad de tal cosa, en cuanto alcancé la vuelta de las escaleras, vi la maraña de oídores de película, porque desde donde estaban no se podía mirar nada, sólo una cortina que apenas insinuaba los cambios de luz de la proyección. A pesar de no quedarme y no mirar más que una milésima parte de la pantalla, creo que llegué en el momento indicado, llegué para escuchar la frase perfecta, la enunciación del destino de la noche y la confirmación de una intuición. Una de las entrevistadas dijo con una entonación nasal y hasta ridícula: a mí no me sorprendió nada, yo ya sabía cómo era, ya lo sabía desde el principio.
Y sí, yo ya lo sabía. Lo supe desde que salí de Coyoacán con la incertidumbre puesta en Veracruz. No voy a llegar, algo así retumbó en el traspatio de mi mente. Finalmente llegué pero no me quedé, que es casi como no haber ido. Ya me tomé un té de tila. Bonne nuit.
(Oigan --y descarguen-- la versión acústica de Cheated Hearts de los Yeah Yeah Yeahs, muy buena)
Entro por una puerta de duendes al hotel, ubicado en la calle de Veracruz. (Ay Veracruz, cómo te añoré, repetí y maldije tu nombre durante una hora). En la entrada me recibe la espalda de una mujer (que por el cansancio pensé que era una estatua). Y es que como en la entrada hay un coche de época con un chofer de madera tal vez ella también es parte del decorado: los empleados se tratan y se mueven como estatuas. Pero estas suposiciones no son más que reminiscencias de mi pasado antiimperialista yanqui, al más puro estilo Cleta (el colectivo de arte, ¿o teatro?, que tenía una combi destartalada por principal centro de operaciones). (Pero lo de la combi también sigue siendo una suposición.)
Bajé al lugar donde estaban proyectando el documental (sobre unos extranjeros que viven en la ciudad) al que me habían invitado. Veinte minutos tarde: qué molestia cuando se trata de moverse en lo oscurito y encontrar un lugar entre los enterados. Pero nunca hubo posibilidad de tal cosa, en cuanto alcancé la vuelta de las escaleras, vi la maraña de oídores de película, porque desde donde estaban no se podía mirar nada, sólo una cortina que apenas insinuaba los cambios de luz de la proyección. A pesar de no quedarme y no mirar más que una milésima parte de la pantalla, creo que llegué en el momento indicado, llegué para escuchar la frase perfecta, la enunciación del destino de la noche y la confirmación de una intuición. Una de las entrevistadas dijo con una entonación nasal y hasta ridícula: a mí no me sorprendió nada, yo ya sabía cómo era, ya lo sabía desde el principio.
Y sí, yo ya lo sabía. Lo supe desde que salí de Coyoacán con la incertidumbre puesta en Veracruz. No voy a llegar, algo así retumbó en el traspatio de mi mente. Finalmente llegué pero no me quedé, que es casi como no haber ido. Ya me tomé un té de tila. Bonne nuit.
(Oigan --y descarguen-- la versión acústica de Cheated Hearts de los Yeah Yeah Yeahs, muy buena)
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