Paso en falso

Recuento de lo inevitable

21 de octubre de 2006

José González, las vacas, la luz o crónica interrumpida de sábado en la noche


En el título está la confesión o más bien la maldición (depende para quién). Será este un post desordenado, de crónica ligera, poco detallada, con prisa, con lentitud, con los temas deambulando por ahí.

El miércoles fui a ver a José González , el sueco que habla perfecto español y toca la guitarra, a un lugar llamado City Hall (¡la entrada fue de cien pesos!). Ha sido lo más cercano que he estado a una luminaria (que verdaderamente admiro; soy específica porque si no Cepillín, Thalía --antes de operarse las costillas-- y Roberto Carlos estarían en la lista), y no sólo me refiero a que lo vi a un costado del escenario, a unos cuantos pasos, no. Me refiero a que mientras hablaba yo con uno de mis queridos amigos, don m., el tal cantautor estaba a un laditititito de mí, platicando muy quitado de la pena, con una chica. Y si la Providencia Magnífica Santísima no me hubiera puesto hace un año en una de esas búsquedas internetosas nerviosas, la página de la NPR no hubiera sido la puerta, el sitio en donde yo, haciendo caso omiso por un momento de mis tareas burocráticas, descubrí la foto del cantante en un concierto reciente. Y como hasta ahora creo tener buena memoria fotográfica, le clavé los ojos desparpajadamente por unos diez segundos, después dejé la boca abierta, después vino la revelación, el secreteo, la incredulidad de mis acompañantes; después mis dudas, mis fantasías y por último la decepción (mi matrimonio con José González estuvo a punto de consumarse de no haber sido porque Chetes terminó su set justo en el momento en que mentalmente me acercaba a hablarle al extranjerito; ¡ahorita estaría despertando en algún lugar con acordes de guitarra!).

A pesar de mi cuarto matrimonio fallido con un hombre que ni siquiera se enteró de que lo "pretendía", la noche estuvo muy bien porque el estilo del sueco me agrada bastante. No ha necesitado publicidad estrafalaria, no se viste a la moda, no es presuntuoso, nada de eso, sólo canta. Lamentablemente, los que organizaron el concierto (Noiselab y otros) aunque tienen un excelente gusto para editar y traer a artistas buenísimos, no logran hacer que sus eventos tengan la suficiente calidad en sonido y en promoción (había un ruido espantoso, era como un soplido de cohete de cabo cañaveral). Y aunque corto, gocé el momento. Después me contaron que un sutano (alguno de esos a los que de infante le dieron producto lácteo con caseína podrida -y con esto querido lector me adelanto a uno de los temas, je, je-) (me acabo de sentir como escritor de corbatín y saco de cuadritos), ese sutano anticaseínico le disparó uno de esos puntitos rojos láser que los bobachones de la secundaria solían usar para destacar la espalda y/o nalgas de los/las maestro/as y provocar la risa nerviosa burlona. Yo no lo vi, afortunadamente.

Para los que deseen oír a González en concierto, piquen aquí.

Llegó a mis oídos, justo ese día, un comercial de la Revista de la Profeco que anunciaba los contenidos de octubre. Sin miedo a equivocarme, diría que es de las mejores revistas del país (no se me juzgue tan rápido, comprar, a estas alturas de la vida moderna, tiene casi la misma trascendencia que cualquier actividad artística) (me disculpo por las exageraciones pero es sábado, son inevitables). Tiene al principio una historiera de Trino (sobre don Tracala's y el Gigante), páginas que se desdoblan y que guardan sabrosas recetas de cocina y consejos que alguien como yo (desubicada mujer de la vida independiente) aprecia como un buen libro; por ejemplo, la manera de guardar los champiñones: en bolsas de papel, ¡gracias Profeco! (ay cordero de dios, me dio ahora por la sensiblería y las exclamaciones de claustro poblano). Y lo más interesante, que será objeto de mis más disciplinados apuntes, un estudio sobre la calidad de la leche de las tiendas. Y no saben cómo agradezco que esta gente haga este tipo de estudios; siendo consecuente con mi carácter obsesivo, ir al súper es como entrar a un laboratorio para hacer un experimento complejísimo. Considero variables, leo miles de etiquetas, descarto, huelo, palpo, me escandalizo por los precios, me detengo frente a las rebajas, miro sospechosamente los productos, reafirmo mi odio por lo industrializado y la fenilananina, imagino un mundo sin marcas, con tienditas de barrio que vendan solo un detergente que lave bien y no contamine, pan del día, leche del día, verdura fresca, uff. Ir al súper es neurosis total. Pero la revista de la Profeco es la luz en mi túnel lleno de anaqueles y frases mercadológicas, y con esto, asediado lector llego a la luz. La ciudad se ha inundado (también yo y mi cámara) de una luz suave, brillante, una luz limpia. El valle se impone y su despercudida belleza ha estado pavoneándose frente a mis ojos, por unos días le he perdonado todas sus infamias.

Y aquí termino, ya me voy a cenar.




lo que el tiempo se llevó del planeta piedra