De lo que nunca imaginé que pasaría
Estados Unidos está cerca, demasiado cerca. A pesar de eso nunca pensé que viviría ahí por unos meses y menos que iba a estudiar en una de sus escuelas más famosas. Siempre fui más del bando europeo. Por ese enamoramiento con el continente viejo, aprendí francés como si mi vida dependiera de ello (claro, también estaba la huelga de la UNAM), y después alemán (aunque asuntos de índole burocrática interrumpieron mi idilio con la lengua germánica).
El inglés, para mí, fue por muchos años la lengua de los negocios, del progreso, de las computadoras. Solamente un priísta pudo describir con exactitud mis nociones infantiles sobre el inglés: Francisco Labastida. Probablemente mi memoria me esté jugando una mala pasada y Labastida no es quien dijo "inglés y computación para todos". Para mí el inglés era un asunto administrativo académico, una lengua que había que aprender porque si no, el futuro estaba cancelado.
Afortunadamente mis nociones priístas cambiaron en la preparatoria. Y a partir de ahí empecé a leer en inglés textos que no tenían que ver con la didáctica de la lengua, sino con la literatura y otras cosas más interesantes que "John escribe una carta para quejarse por un mal producto".
Además fue en la preparatoria cuando conocí a mis amigos más cercanos, la mayoría anglófilos. Recuerdo algunas fiestas en las que la única de Hispánicas era yo. Fue así que el inglés, y sobre todo la literatura escrita en inglés, empezó a estar más cerca de mí de una manera afectiva. Después lo estaría de manera académica pero esa es otra entrada.
Una vez que el inglés se volvió algo más familiar, más cercano, también empezó a serlo Estados Unidos. Otra vez, este acercamiento fue por mis amigos. Algunos de ellos han vivido, estudiado o siguen estudiando ahí. Nueva York, el primer lugar que visité por mi propia voluntad en Estados Unidos, se volvió también un destino afectivo.
Pero el año pasado y este año el mapa de mis cariños en territorio norteamericano se extendió hasta lugares insospechados. Nunca, nunca, me pasó por la cabeza que estaría primero en Conneticut que en Madrid, en New Haven que en Barcelona. Y todavía menos en un lugar de nombre atractivo y refriteado: Kentucky.
Tierra del bourbon y del blue grass, jamás pensé que sería la sede del año nuevo. Y jamás pensé que ese nombre coqueto importaría tanto. No recorrí Kentucky como hubiera querido, pero sí conocí relativamente bien la ciudad del otro lado del río Ohio: Cincinnati, nombrada así en honor de un soldado romano.
En el lado de Kentucky, una noche, cuando regresábamos de Cincinnati, viví una de las noches más extrañas. Supongo que para un lugareño una escena como la que describiré no tiene nada de extraordinario, pero para una chica tropical como yo, fue impresionante.
Unas cuadras antes de llegar a la casa en la que nos estábamos quedando, a las dos de la mañana, vi en el jardín de una escuela (el jardín no estaba cercado y colindaba con la acera para los peatones) 15 venados o más suspendidos entre la oscuridad y la luz que irradiaba una marquesina en medio del lugar. Quince venados descansando y comiendo, en la madrugada, en el jardín de una escuela. La imagen jamás, jamás se me olvidará. Sus cuerpos paralizados por el ruido del coche y sus ojos verdes fosforescentes, crearon una de la escenas más extraordinarias que he vivido. Abrí la ventana y sólo se oía la inmovilidad de sus cuerpos listos para escapar. Nos miraron pasar y los miré de regreso.
Los venados son muy comunes en esa zona, y son considerados una plaga, una molestia. No sé cómo sea para los que viven ahí, supongo que los accidentes automovilísticos causados por algún ciervo desbocado no los hacen amigos del vecino. No es extraño entonces que hace poco aprobaran una ley que permite matarlos bajo la divertida y entretenida forma de la caza. Pero en un acto de extrema condescendencia con el animal o con los antiguos pobladores de Kentucky, ya no sé bien, sólo es posible cazarlos con arco y flecha. Sí, así es.
En fin, Kentucky con sus venados amenazados por flechas ya no es un lugar improbable.
El inglés, para mí, fue por muchos años la lengua de los negocios, del progreso, de las computadoras. Solamente un priísta pudo describir con exactitud mis nociones infantiles sobre el inglés: Francisco Labastida. Probablemente mi memoria me esté jugando una mala pasada y Labastida no es quien dijo "inglés y computación para todos". Para mí el inglés era un asunto administrativo académico, una lengua que había que aprender porque si no, el futuro estaba cancelado.
Afortunadamente mis nociones priístas cambiaron en la preparatoria. Y a partir de ahí empecé a leer en inglés textos que no tenían que ver con la didáctica de la lengua, sino con la literatura y otras cosas más interesantes que "John escribe una carta para quejarse por un mal producto".
Además fue en la preparatoria cuando conocí a mis amigos más cercanos, la mayoría anglófilos. Recuerdo algunas fiestas en las que la única de Hispánicas era yo. Fue así que el inglés, y sobre todo la literatura escrita en inglés, empezó a estar más cerca de mí de una manera afectiva. Después lo estaría de manera académica pero esa es otra entrada.
Una vez que el inglés se volvió algo más familiar, más cercano, también empezó a serlo Estados Unidos. Otra vez, este acercamiento fue por mis amigos. Algunos de ellos han vivido, estudiado o siguen estudiando ahí. Nueva York, el primer lugar que visité por mi propia voluntad en Estados Unidos, se volvió también un destino afectivo.
Pero el año pasado y este año el mapa de mis cariños en territorio norteamericano se extendió hasta lugares insospechados. Nunca, nunca, me pasó por la cabeza que estaría primero en Conneticut que en Madrid, en New Haven que en Barcelona. Y todavía menos en un lugar de nombre atractivo y refriteado: Kentucky.
Tierra del bourbon y del blue grass, jamás pensé que sería la sede del año nuevo. Y jamás pensé que ese nombre coqueto importaría tanto. No recorrí Kentucky como hubiera querido, pero sí conocí relativamente bien la ciudad del otro lado del río Ohio: Cincinnati, nombrada así en honor de un soldado romano.
En el lado de Kentucky, una noche, cuando regresábamos de Cincinnati, viví una de las noches más extrañas. Supongo que para un lugareño una escena como la que describiré no tiene nada de extraordinario, pero para una chica tropical como yo, fue impresionante.
Unas cuadras antes de llegar a la casa en la que nos estábamos quedando, a las dos de la mañana, vi en el jardín de una escuela (el jardín no estaba cercado y colindaba con la acera para los peatones) 15 venados o más suspendidos entre la oscuridad y la luz que irradiaba una marquesina en medio del lugar. Quince venados descansando y comiendo, en la madrugada, en el jardín de una escuela. La imagen jamás, jamás se me olvidará. Sus cuerpos paralizados por el ruido del coche y sus ojos verdes fosforescentes, crearon una de la escenas más extraordinarias que he vivido. Abrí la ventana y sólo se oía la inmovilidad de sus cuerpos listos para escapar. Nos miraron pasar y los miré de regreso.
Los venados son muy comunes en esa zona, y son considerados una plaga, una molestia. No sé cómo sea para los que viven ahí, supongo que los accidentes automovilísticos causados por algún ciervo desbocado no los hacen amigos del vecino. No es extraño entonces que hace poco aprobaran una ley que permite matarlos bajo la divertida y entretenida forma de la caza. Pero en un acto de extrema condescendencia con el animal o con los antiguos pobladores de Kentucky, ya no sé bien, sólo es posible cazarlos con arco y flecha. Sí, así es.
En fin, Kentucky con sus venados amenazados por flechas ya no es un lugar improbable.
1 comments:
Lorelei, qué chingón escribirte estando "in", en la blogfósfera (los bloggers son los tipos más mamilas y restrictivos). Sigue escribiendo y publicando fotos. Ya me gustó no tener cadeneros para decir cosas. Tú sabes, vos sabés, que tu viaje al gabacho es una inspiración. Mil besos,
Ana
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