Declaración de una insomne
La piedra de Sísifo no es nada comparada con el ojo pelado a las cinco de la mañana. La punzada del insomnio empieza como calor: primero en los pies, después en las piernas y como estallido en los codos. Sí, los codos calientes a las cinco de la mañana son como una calaverada espetada en medio de un refinado coloquio de ronquidos bien vestiditos. Y ni las somníferas maniobras del Feisbu logran apaciguar un insomnio que me viene desde el siglo xviii (maldito enciclopedismo, alabado seas). Creo que nunca se me habían mezclado tanto la vida laboral con la vida durmiente. Sépase que mis actividades laborales han encallado en la playa de una enciclopedia nacional. Pluma roja en mano y post-its han sido mi instrumento de trabajo desde que regresé del invierno más miserable que he experimentado (y me aseguran que eso estuvo “tranquilito”). Corregir, editar, corregir, verificar datos, leer, leer, leer, corregir, dormir, levantarse, corregir, dormir, soñar, corregir, soñar, corregir sueños, soñar que corrijo y corregir la corrección en vela. Así, en el transcurso de mi actividad somnífera se fue colando la maldita corrección. Y es que aquí confieso: hay algo de ella que me obsesiona; primero, es una muestra de lo irremediablemente atados que estamos al lenguaje, a sus vacíos de sentido y a sus luminosos significados. Segundo, una palabra tiene que modificarse para que la caja del texto sea perfecta en su incapacidad de acomodarse al espacio de las palabras. Siempre, siempre, habrá un callejón, un río, siempre. Y por más que empujemos acá o allá, aparecerá la prueba de que las palabras no se amoldan dócilmente. Hay que cambiarlas, hay que pensarlas (con más palabras), someterlas a la línea cerrada, en fin. Corregir es la prueba de la multiplicidad, de la infinita combinación de palabras que podrían estar en la caja de texto, pero también es un límite.
Pero cuando la corrección se desplaza al mundo onírico, que no tiene cajas bien demarcadas, que no respeta continuidades y que está hecho a partir de un caos aparente, la noche se pone fea. Sueño, me despierto a medias, pienso en lo que soñé, corrijo eso que soñé, no en un estado de lucidez, sino en duermevela, vuelvo a dormir, sueño, recuerdo que corregí algo, ya no puedo soñar, algo pasó, ¿me desperté? Calor, calor, calor, y se acabó la confusión: llegó el insomnio.
Y ahora estoy despierta pensando que el insomnio es una errata en la caja de la noche, es decir en la cama. Y los símiles no paran y mi cabeza, que desearía tener un sueño normal, no termina de afinar las diferencias entre el sueño y la vigilia.
Buenos días.
1 comments:
Acabo de leer esto!
http://www.newyorker.com/humor/2008/06/02/080602sh_shouts_allen
Muchos besos mi querida Lore!
Publicar un comentario