2009
Aunque M trató de confundirme, sé que el 2009 ya empezó. No el 2010. Que para el caso es lo mismo: el tiempo sigue pasando. El tiempo, "la imagen móvil de la eternidad", tiene un vocabulario que me es difícil aprehender. No sólo me confundo con los años, con los días, sino que al parecer tengo una de las peores fracturas del mundo moderno: la incapacidad de planear. Siempre hay algo que se atraviesa, una distracción, un detour, un libro nuevo, una llamada, frustraciones que eliminar, en fin, quimeras. Y heme aquí en la tierra de los planners, calendars, bullet points and the asap. Increíble, ya tengo un calendario con las cosas que voy a hacer este año. Supongo que es mi idiosincrasia mexicana la que se asombra cada vez que sucede lo que planeo. Y tal vez suena mal, pero estoy acostumbrada al caos, crecí con la crisis delamadrista, crecí con la burocracia mexicana y mi salida del país estuvo coronada con un paseo a la burocracia universitaria. El tiempo, como lo aprendí, es siempre un no tiempo. Va a pasar algo, pero no pasa. Vamos a entubar aquí, pero nunca lo hacen. Me acuerdo que cuando mis papás se mudaron a uno de los parches rurales dentro de la ciudad, les prometieron que iban a tener teléfono inmediatamente. Pasaron 11 años. Y cada vez era lo mismo. Caminábamos al teléfono de la esquina para hablar con los abuelos, los amigos. (Debo decir que el tipo de socialización en la fila del teléfono público era increíble, así como las conversaciones). Tengo muy presente un recuerdo cubista del teléfono público de la cuadra. Un día mi hermano se abrió levemente la cabeza con la esquina de una ventana abierta. Recuerdo muy bien que estábamos en el jardín corriendo y cuando levantó la cabeza, el filo lo rozó y vi la sangre en la frente. Viví toda la escena en fragmentos, y como era chica, la casa se veía inmensa, el filo de la ventana muy puntiagudo, el teléfono muy alto, mi hermano muy chiquito, el auricular demasiado negro, y el cable que lo unía a la caja negra extremadamente luminoso. Once años formados para poder hablar por teléfono.
Lástima que ya no hay teléfonos públicos. Siempre he pensado que las cosas que son gratis, espacios, conciertos, exposiciones, comida, música, reúnen a las personas de otra manera. Se vive una excepción, un gozo. Me acuerdo que un día saliendo de la escuela caminé hacia Millenium Park porque vi cómo un lejano sonido de violín atraía a los peatones. Cuando llegué al área de las bocinas reconocí el concierto: Andrew Bird. Y me senté ahí a escuchar durante una hora y media.
El teléfono y Andrew Bird explican a medias mi relación con el tiempo: por un lado mi incredulidad y por lo tanto la resistencia a la acción planeada, y por otro el placer del azar, del encuentro fortuito.
Ahora que empieza el año tengo que aprender a planear y al mismo tiempo no aniquilar el azar.
Salud.
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