Regresa la invitada
"En ese De-efe nadie sabe, o al menos eso intuyo, que con menos 32 grados Farenheit en la cara se les puede congelar el aliento, el pulmón, el brazo, la pierna, que uno se puede quedar mudo, caerse de sopetón, no como el típico costal de papas sino como el mismísimo ángel de la independencia, en medio de Reforma, pero sin tanta pose."
Azúcar Romero
Me tocó dejar Chicago. Terminé la honrosa maestría en Artes Finas, y ahora vivo en San Diego con el ya doctor M. Por cierto, Azúcar estaba feliz porque ya no iba a verse como "tamal" cada vez que me visitara. Su abrigo, de proporciones pantagruélicas, le cubría toda "la gracia divina del cuerpo" y la convertía en un "altoparlante afelpado". Hablo de Azúcar porque resulta más fácil; porque ella, y lo digo con un poco de envidia, has figured out things. Yo todavía no les doy figura, ni sé cuáles son las cosas, y al parecer todavía no tengo reparos en usar el tono confesional. Extraño Chicago, los amigos, México, los amigos. En fin, los dejo con la segunda parte del relato de Azúcar, que pronto vendrá a visitarme a California. La condenada está feliz porque ahora que venga ya puede usar sus miniskirts, bueno, si el cielo se despeja, que acá andamos faltos de sol.
Mírame y no me toques: comida desabrida II
Azúcar Romero
Cuando Papo regresó a Puerto Rico, Emerilis no salió más de la casa. Así que me quedé a cuidarla. Lo que para Emerilis fue un retiro de la vida, para mí fue como abrirle las puertas y ofrecerle un buen plato de chicharrón. Emerilis, aburrida de tanta casa y niñas, se tiró de bruces al amasado y horneado de panecillos y postres. Aprendió esta sofisticación de Gertrude, la alemana que sabediós cómo llegó a ese barrio. La rubia vivía en el piso de arriba, y venía a platicar con la Emerilita de tarde en tarde. Las dos se sentaban, con sus vestidos de flores, a pelar nueces, a cortar guindas, a deshuesar duraznos. Gertrude hablaba de su familia y la Emerilis no. Gertrude insistía en romper el silencio de mi tía, contándole más y más historias sobre sus abuelos, bisabuelos, tatarabuelos fundadores de ciudades, pero la Emerilita nunca intercambió ni una historia de su familia. Lo que había por contar era lo que se podía ver. Que yo era Azúcar, que la Lymari y la Genesis se reían como gatos (y que pronto se iban a ir con sus novios niuyoricans), que Johny Romero (que había sido famoso en Harlem) ahora vivía de vender coches usados en el Bronx y de alguna que otra presentación en las fiestas grandes del barrio. (En Puerto Rico era otra cosa, por eso Papo se fue. Le ofrecieron un trabajo en una banda de un hotel medio de lujo. Creo que conoció a alguien más, pero de eso no se hablaba.)
Oyendo a Gertrude hablar en su inglés casi perfecto, aprendí que hay que pronunciar bien las palabras, masticarlas hasta el cansancio, como el bistec con nervios. También aprendí de la rubia un poco de alemán, que unos años después me salvaría de morir de hambre. Mi tía Emerelita, como ya no cocinaba salado, sino puro dulce, me dejó a cargo de los platos. En las mañanas, en cuanto abría los ojos, la Emerilis ya estaba desgreñando a las otras niñas y recitándoles las cosas que me iba a pedir que comprara en el market: era dictado indirecto. Con todo y su vestidito de flores, el orgullo de la Emirilita teñía la casa de un verde pálido, casi gris, como de mold. En la casa no podía haber dos mujeres para el mismo plato. Y como la Emerilita me veía medio huérfana, no le quedaba de otra que cederme el paso.
Lo único que me acompañaba al market era el rencor de las primas, que se quedaban encerradas, hablando desvaríos por teléfono, soñando que la fama les caía en forma de grandes nalgas. En el market siempre saludaba a Ramón, nieto de un primo lejano de Tite Curet. Nadie lo sabía, pero a mí me lo dijo un día que lo ayudé a levantar unas bolsas de azúcar, sí, de azúcar, que se le desparramaron porque tenía los dedos más inútiles del barrio.
¿Cómo sabe uno si las zanahorias se pueden comer cuando están aguadas? ¿Cuál de esos quesos es el más sabroso? Y el melón chino, ¿cuándo está listo? Ramón me compartía su sabiduría a regañadientes, por eso me tardé en aprender. La Emerilita a veces se enojaba y a veces no le importaba. Como que la vida se le empezaba a menguar. Con tanto dulce, el cuerpo ya no la perdonaba, y de tarde en tarde había algún episodio de ambulancia.
Y ahora viene la parte más seca del relato, pero la más transformadora para la girl que fui yo. Fue una época de errores, de quemar ollas, de gritos, de victorias, de ignorancia, de cocinar hasta la cáscara de plátano con coco, maní y raspberry. No sabía nada, y terminé aprendiendo que para cocinar hay que tener la sangre pasteurizada, uno va de lo caliente a lo frío en segundos, sin aviso se acaba todo. No hay banquete que dure cien años, ni cuchifritos que sobrevivan un siglo, a pesar de lo mucho que deseaba que la Emerilis y la alemana platicaran toda la tarde mientras yo les preparaba un pescado directo del Hudson.
2 comments:
dame mas azucar!!!
ayy! mi español!
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